Basta! Tomemos conciencia.


Luego de nuestro receso, hemos decidido que Narcotráfico de Órganos de ahora en más será un blog serio, destinado al análisis cualitativo de la actualidad nacional e internacional, a verter opiniones y proponer líneas de pensamiento que busquen construir un espacio de reflexión-acción para cambiar la realidad. Se trata de partir de una visión crítica para pensar los acontecimientos que conforman la complejidad de la vida cotidiana y los dispositivos de subjetivación que la sustentan y la hacen posible.
No mas coreanos, no más Mujer Amante, no más gnomos. 
Y qué mejor manera de reinaugurar este nuevo blog que hablando del tema que está en boca de todos los uruguayos y uruguayas (ahora además, vamos a hablar así, como Tabaré Vázquez), la discriminación.
Y si usted es de esos que dicen que todo este tema de las minorías discriminadas lo tiene podrido, entonces deje de leer y vaya a perseguir a los de otra raza diferente a la suya, vaya a quemar otros templos que profesan otras verdades que no son las suyas, o vaya a golpear a los que aman de forma diferente a como lo hace usted, que por lo poco que lo conozco, ya le puedo decir que no tiene mucho amor para dar.
Digamos que, luego de una serie acontecimientos que generaron ruido y molestia en la sociedad, de alguna manera los uruguayos pudimos ir abriendo los ojos y comenzar a vernos como un pueblo muy discriminatorio. Detrás de nuestro aparente progresismo, de nuestra laicidad, de nuestra libertad de expresión y demás, hay una sociedad profundamente intolerante con el Otro.
Y cuando digo el Otro me refiero principalmente al afrodescendiente y al homosexual, porque la discriminación hacia esos colectivos es la que más se deja ver en el día a día. No me digan que no. Por ejemplo, hace unos días fui a ver un partido de fútbol con la intención de pasar algo de tiempo en familia y escuché, en tono de insulto, cómo desde ambas parcialidades hacían referencia a dichos colectivos, adjetivándolos además con cosas intranscriptibles (al menos en este nuevo Blog). Y podría seguir…
Por suerte, hay gente como Martin Inthamoussu que ve cosas parecidas y no se calla la boca. No por nada es uno de los flamantes panelistas de Esta Boca es Mía, espacio televisivo dedicado a la investigación y a la producción de conocimientos en todos planos del devenir humano.
Martín es un pensador y bailarín de ballet que se cansó de sentir miradas reprobatorias, lo curioso es que estas no provienen de sus maestros, ni son pequeños errores en complejas acrobacias sobre el escenario lo que las motivan; tristemente, esos ojos que lo juzgan son los de la vecina y el vecino, son los tuyos y los míos, son los ojos de la sociedad: Martín es homosexual.
Martín nació homosexual hace ya varios años y ha tenido que lidiar con su condición a lo largo de toda su vida, pero más aún, con los prejuicios que la sociedad tiene ante quienes padecen esta enfermedad.
La gota que colmó el vaso e hizo que disparara sus palabras contra la homofobia fue la humorada de mal gusto de una agrupación carnavalera que presentaba a un personaje llamado “Gayman” (es decir, hombre-puto) el cual “vestido de rosa y con bananas en la mano desfiló por 18 de Julio en el desfile inaugural burlándose de una identidad sexual… La discriminación salta a la vista y NADIE dice nada”, grita Martín, en una carta pública que delata todo esto.
Pero el coreógrafo no defiende solo a los suyos, porque quien no tolera a quienes no toleran, no tolera que no toleren a todos los que no toleran. Me explico, el que no soporta la discriminación hacia determinadas personas, tampoco soporta la discriminación hacia otro tipo de personas, por eso Martín sigue: “Este personaje forma parte de la segunda humorada. La primer humorada presenta un personaje que sufre de obesidad y se hace alusión a su gordura permanentemente olvidándonos del grave problema que sufren algunas personas con temas vinculados a la alimentación y el sobrepeso”. Mejor dicho imposible. Los carnavaleros escupen para arriba sin tomar consciencia que el día de mañana les puede nacer un hijo homosexual o gordo, o lo que es peor, homosexual y gordo al mismo tiempo. Además, tampoco son conscientes de que el escupitajo que ellos lanzan les puede caer a otras personas y herirlas, herirlas mucho, como lo hicieron con Martín.
Esto no termina solo en los tablados de carnaval, hace no mucho vi (yo vi, nadie me contó) una banda de música que en una de sus canciones mencionaba a un “cabezón”. Cualquiera diría que lo decían en forma cariñosa, pero bajo el mismo pretexto se justifica decirle “el negro” al amigo más negro, “el gordo” al amigo más gordo y así. Estos músicos, como diría Martín, se olvidan del grave problema que sufre algunas personas con temas vinculados a tener la cabeza grande.
Siguiendo la senda de la intolerancia, un día vamos a encontrarnos con un nuevo Auschwitz ya no con judíos, sino con narigones, con orejones, con dientudos, etc. No es por justificar ni mucho menos, pero analicemos las cosas como son: el hombre tiene la elección de ser judío o no (así como de ser mormón, satánico, pagano, lo que sea), y siempre la tuvo, incluso a fines de la primera mitad del siglo pasado; en cambio si nace cabezón, negro, homosexual o narigón por ejemplo, no tiene más remedio que convivir con ello hasta el fin de sus días. ¿A qué voy con esto? A que la sociedad es cada vez más injusta e intolerante, a que si bien puede ser que en los llamados “campos de concentración” se hayan cometido algunos actos fuera de la ley (igual cabe mencionar que era plena Guerra Mundial), la gente que allí se encontraba había de alguna manera elegido estar ahí; en cambio ahora, al que se lo discrimina en la calle, en la cancha, en un tablado, no elige eso, simplemente le tocó ser así y que yo sepa, eso no lo hace un mal ser humano.





“Se vulneran derechos, se hieren sensibilidades y la verdad que me subleva y me incita a la rebelión. La falta de respeto absoluta por las minorías ya tiene que llegar a un fin en este país.” Martin Inthamoussu.
Todos sabemos lo que sucede cuando un bailarín de ballet se enoja. Para quienes no saben, Jean-Claude Van Damme era bailarín de ballet.


Quiero, antes de terminar, hacer una salvedad con respecto a todo esto. Si bien se que es algo que seguramente muchos compartan, quiero precisar que es una opinión personal y nadie tiene por qué estar de acuerdo conmigo, creo que ya quedó claro que para mí, la mejor religión es la tolerancia.
Debo decir que lo único que realmente me preocupa del asunto de las minorías son los enanos. Yo celebro las diferencias y me estrecho la mano ante cualquiera que piense igual que yo (que piense igual que yo en esto de las diferencias), pero hay cosas que ya sobrepasan los límites de la otredad, del otro como interlocutor válido, y se ubican en un plano tan lejano a lo que soy yo que casi no puedo considerarlo como diferente sino como otra cosa. Es decir, yo puedo decir que soy diferente a un negro, bien, somos comparables en casi todos los aspectos, pero no puedo compararme con una llave inglesa, por decir algo. El enano es un ser que comparte muy pocas cualidades con el humano, ser un organismo eucariota es una de ellas, pero no se necesita ser biólogo para determinar a simple vista, que es algo distinto a lo que es el humano.
No sé con qué propósito están en la tierra y no estoy seguro de querer saberlo, y que estén entre nosotros desde tiempos inmemoriales no es razón suficiente para repudiarlos, perseguirlos y matarlos, pero tampoco para dejarlos pasearse con sus cabezas delante de nuestros hijos y no hacer nada al respecto. Porque no termina ahí, el enano es una criatura ciertamente siniestra, perversa, circense, malévola, malintencionada y muy inteligente, están todo el tiempo pensando, tramando.
No quiero ser alarmista y decir que más temprano que tarde van a terminar por apoderarse del mundo, pero seguro cuando menos lo esperemos van a sacar ventaja de toda esta movida de respetar las minorías.
Creo que el odio tiene que tener un límite, y así, la tolerancia también debería.
 
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