Los sueños


Los sueños de la siesta son los peores. Dormir la siesta en general no está bueno, a mi me pasa que me despierto más cansado de lo que me acosté, sigo lo que resta del día con más sueño, babeo la almohada y me parece que lo que dormí nunca es suficiente. Además, no hay desazón que ni remotamente se compare con la de despertarse de la siesta y que ya sea de noche. O peor, que esté anocheciendo. Pero sin dudas, lo peor de todo son los sueños.
Mis sueños nocturnos sueñen ser indescifrables, a veces graciosos y unas pocas veces están muy buenos, pero los de la siesta son generalmente perturbadores. Hoy tuve uno que ameritó sacar apuntes; como un meteorito al que los gases de la capa de ozono no logran desintegrar del todo, los retoños que sobrevivieron a mi represión onírica conservaron varios detalles y demoraron unos cuantos minutos antes de ahogarse para siempre en mi vigilia.
Por alguna razón yo me encontraba en un taller mecánico en Nuevo México, hablando con alguien que en mi sueño parecía ser un buen amigo mío. Pelo largo y gris, bastante mayor que yo pero no lo suficiente como el color ceniza de su cabeza quería hacernos creer. Se parecía bastante a Bob, el de Twin Peaks y es probable que mi inconsciente lo haya deformado libremente hasta convertirlo en este mecánico que se reía mucho y me hablaba mal de Obama.
El taller era un lugar feo y caluroso, demasiado chico para la cantidad de objetos que alojaba y que en su mayoría parecían no estar en uso. “Acá todos saben y nadie dice nada, pero la cosa se esta pudriendo y vamos a morir todos tapados de mierda”, decía Bob (voy a llamarlo así de ahora en más) mientras hablaba de conspiraciones del gobierno junto con algunos intelectuales. Recuerdo que nombró a Chomsky y lo relacionó con la Guerra Fría, parecía estar obsesionado con ese tema y yo muy interesado en lo que tenía para decir; él de pié y yo sentado, comiendo algo que podría ser maní japonés.
Entre otras cosas, Bob me dijo que ahí mismo, en el taller donde estábamos, había un auto invisible; señaló en dirección a la entrada donde había un pequeño espacio vacío, capaz de albergar cuanto mucho a una bicicleta. Yo no le di importancia y creo que incluso le creí, “pero eso no es nada, mirá esto…”, Bob se acercó a un viejo torno verde y sacó de arriba una bolsa oscura, como las de la basura, y la depositó cuidadosamente al pie del torno. Por sus movimientos, se podía inferir que llevaba un líquido dentro.
En ese momento, mi amigo Bob empezó a hablar del yin y el yang y su tono comenzó a ser amenazante, como que me advertía de algo y a su vez me amenazaba con eso mismo. De pronto yo estaba asustado y todo se volvió más raro.
Bob agarró una espátula y la introdujo en la bolsa, se detuvo allí, me miró sin decir nada y la sacó chorreando un líquido negro y espeso, como bleque. El líquido aún caía dentro de la bolsa. Repitió este movimiento unas cuantas veces, como revolviendo un guiso metía y sacaba la espátula tarareando una melodía que me resultaba sumamente familiar. Cuando llegó al riff me di cuenta de que se trataba de una desafinada versión de My Favourite Game de The Cardigans, aquella de la tipa que va al mango en un auto descapotable por el desierto de EEUU con el gato Félix al lado, hasta que se da de frente con un camión; pero esta sonaba como una murder balad.
De pronto, Bob se detuvo con la espátula levantada y salpicó intencionalmente el piso del taller con unas pocas gotas.
Generalmente, las pesadillas están asociadas a situaciones donde nuestro instinto de supervivencia queda en jaque y nos enfrentamos cara a cara a nuestro miedo más primitivo: la muerte. Resulta raro temerle a algo que haga lo puesto, crear vida y que esta creación de más vida pueda ser interpretada como algo espeluznante.
Cuando las gotas de aquel líquido tocaron el suelo del taller, casi inmediatamente empezaron a brotar del piso de concreto unas ramas finitas y espantosas, algunas de las cuales avanzaron unos centímetros al ras del piso y otras, un poco más gruesas, se elevaron a unos 50 centímetros del suelo. Bob repitió la operación y salpicó otro poco sobre las patas del torno; inmediatamente se llenó de musgo con insectos que caminaban sobre él, ocupados en sus cosas como si hiciera años que habitaban allí. De lo poco que chorreó hasta el piso surgieron nuevamente ramas pero en forma de enredadera; entonces Bob, ahora con cara de loco y desafinando cada vez más, volvió a salpicar en el mismo lugar. La enredadera cubrió casi completamente el torno y se formó una especie de ecosistema, las ramas que ahora eran gruesas, chorreaban agua y eran de un verde intenso, en la oscuridad del interior de la enredadera se podía ver un tronco bastante grueso con una especie de roedor prendido en su parte inferior. Las hojas se movían impredeciblemente y hacían suponer que había muchas clases de insectos volando allí dentro, devorándose entre sí, reproduciéndose y evolucionando.
Bob tomo la espátula con su mano derecha y como quién pretende cortarse las venas, estiró su brazo izquierdo y dejo caer una única gota en su antebrazo. Dejó de cantar, las uñas comenzaron a crecerle y a contornearse formando enormes rulos de uñas que se enredaban y se quebraban. Los pelos de su brazo crecieron largos y lacios formando una cortina gris que colgaba de su brazo tieso. Las venas de la mano se le hincharon y se podía ver cómo por dentro la sangre circulaba a gran velocidad.
Bob empezó a reírse y a sacudir el brazo que se ponía cada vez más rojo y peludo, parecía estar disfrutando de todo aquello. Yo miraba aterrado su brazo deforme y la pequeña selva alrededor del torno, esa cosa negra inyectaba vida en todo lo que tocaba y los ruidos del bicherío empezaban a inundar ese taller endemoniado.
Bob tomó con su brazo bueno la bolsa y la cerró apretando la parte superior, esta quedó hinchada como un globo; la levantó y al grito de “¡¡¡Que vivan los Estados Unidos de América!!!” la apuñaló violentamente con la espátula.
El chorro roseó la cara de Bob, algunas estanterías, el piso y yo me tragué al menos un litro de ese líquido negro, que quedó esparcido por toda mi cara hasta el momento en que me desperté.
En su momento me alegré de haberme despertado, pero ahora que ya pasó todo, pienso que me hubiera gustado ver cómo habría lucido yo un minuto después del buche que me tragué, considerando los efectos de aquel bleque diabólico, o santo, no se.
También me estoy dando cuenta de que así contado, todo esto no tiene mucha gracia, la posta es soñarlo.
A los que no sueñan, como Eufrasio, no les queda otra que leer estos relatos aburridos.

2 comentarios:

  1. Si busco "bleque" en Google me sale "Néstor en bloque", que no debe ser lo mismo; si bien por las imágenes se lo ve negruzco y se lo adivina espeso. Pero el argumento se entiende.

    Cuando yo era chico soñaba cosas que se me antojaban aterradoras, pero cuando las contaba la gente se reía. De hecho las imágenes que recuerdo me siguen pareciendo de lo más macabras, pero ya no cuento nada.

    +1 por referencia a Twin Peaks, a propósito :D

  1. Laurita Madero dijo...:

    No es un relato aburrido; por el contrario, me resultó sumamente entretenido y de hecho casi adictivo. Tuve que ir tapando las líneas que se venían, con la mano izquierda, para no devorarlas y poder entender el relato tal cual vos lo escribiste y no como se le antojaba a la sumatoria de mi ansiedad, mi vista y mi razón. Y me empecé a asustar también con la potencia de vida macabra de ese bleque: eso fue una enorme sorpresa. Cuando empecé a leer no pude avizorar que las líneas me llevarían a recorrer esos vericuetos. Creo que la gran responsable de estas reacciones es la enorme capacidad descriptiva que demostrás.

    Gracias por Los sueños y los sueños...Y perdón por escribir...

 
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