Travestis, sexo y funerales.


-De utilería, ¿entendés? De utilería. Estos hijos de…- Rosa bajó la voz al ver la cara de algunas de las personas que los rodeaban y miraban de reojo-; estos hijos de la madre mandan flores de utilería.
-Artificiales, querrás decir- corrigió Marta.
-Es lo mismo. Hijos de de la madre. Con todo lo que hizo Raúl por la compañía y no pueden tener ni un gesto digno y mandar flores como la gente.
Marta intentó calmar a Rosa durante unos minutos. Era una tarea difícil. Su esposo Raúl se había muerto repentinamente como suele hacer la gente que no tiene la gentileza de avisar “me voy a morir”, y Rosa estaba en ese momento en medio del velorio, en un centro fúnebre frío, triste e indignada por la muerte de alguien que había sido tan bueno a lo largo de su vida que ninguno de los presentes dudaría en insinuar que en caso de existir algún tipo de Dios o fantasma todopoderoso, estaba cometiendo una injusticia al llevárselo.

 Había veinte personas en el lugar, y estaban divididos en pequeños grupos que conversaban por lo bajo, o que se mantenían en estricto silencio con cara de luto, mirando puntos fijos en la pared, en el piso o hacia el ataúd donde yacía el cuerpo sin vida de Raúl. Una persona, en cambio, miraba con atención rumbo a la puerta de la sala, que estaba abierta de par en par. Fue precisamente de esa puerta desde donde surgió la figura de un hombre que tímidamente hizo ingreso. Echando una mirada tímida pero amplia al lugar, tuvo una versión panorámica de lo que sucedía dentro. Dos pasos dentro de la sala sacó una bolsa de nylon blanca de su bolso y dejó ver, a su vez, un pan catalán abierto en dos partes. Cada parte del pan sostenía una feta de queso. El hombre, con cara de “¿es acá?”, miró alternadamente el pan con queso que llevaba en la mano y el ataúd que contenía los restos de Raúl. Rosa, luego de un desconcierto inicial, comprendió lo que el hombre hacía, y junto con un grupo de sobrinos y primos indignados lo sacaron corriendo.

Durante unos minutos todo estuvo tranquilo. Un par de los sobrinos que habían sacado corriendo al bromista del pan con queso se dedicaron a consolar a la tía Rosa. Los demás, poco a poco, regresaron a sus subgrupos a conversar bajito, o a mirar el piso derramando tristeza simbólica.

El ruido monótono de las conversaciones y los susurros se vio interrumpido por el incesante sonar de zapatos de tacos que provenía del pasillo, fuera de la sala fúnebre. En cuestión de segundos el sonido de tacos tuvo una imagen: seis travestis que no bajaban del metro ochenta (probablemente por los zapatos con tacos) entraban en la sala. Uno de ellos estaba llorando, y era consolado por otros dos. A tacazo limpio y sonoro se acercaron al ataúd. Uno de ellos, al ver el cuerpo de Raúl largó un alarido de dolor y corrió la cara en dirección opuesta, limpiando sus lágrimas con un pañuelo que sacó de su carterita verde fluorescente.
-¡Tan buen amante y se lo ha llevado!- exclamó uno de los travestis. Unos segundos después de que los seis besaron el cadáver tiernamente, se sentaron en uno de los bancos largos de la sala fúnebre y conformaron otro subgrupo más de gente conversando sobre las bondades del finado durante su vida.

Hubo un gran desconcierto en la sala. Rosa pretendió acercarse a averiguar qué sucedía, pero sus sobrinos la instaron a que no lo hiciera. Asumieron, entonces, que Raúl tenía una doble vida, pero no se atrevieron a preguntar qué sucedía. Reinó el desconcierto. Lo cierto es que se trataba tan solo de una broma que el difunto les jugaba a sus familiares a través de sus amigos aun vivos, que contrataron a esos seis travestis para dar forma a la idea de broma que Raúl había tenido dos años antes de su muerte.
Raúl era un loco bárbaro.

1 comentarios:

  1. Nena bien. dijo...:

    Qué grande el Raúl. Los velorios deberían tener esa pizca de desconcierto, porque el desconcierto obvio que nos genera un persona muerta no es tan pintoresco.

 
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