Freud: las 5 conferencias – Las drogas y el Psicoanálisis

Las Drogas y el Psicoanálisis
  
Clark University. Massachusetts, EEUU – 1909
Buenos días, ¿cómo durmieron? Yo debo decir que luego de la conferencia de ayer no pude pegar un ojo, lejos de lo que algunos de ustedes puedan estar conjeturando en estos momentos, no tuve sexo desenfrenado durante toda la noche con ninguna de las señoritas presentes. Créanme que yo también esperaba que fuera así, que alguien me diga sino para qué viaja uno al otro lado del mundo a dictar conferencias si no es para tener sexo sin compromiso, apostar en riñas de gallos y hacerse tatuajes. No por nada comencé este ciclo de conferencias con el tema del sexo, lamento que no haya tenido las repercusiones que esperaba. Solamente una doctora semidesnuda me escribió consultándome no se qué, sólo me interesaba lo que escondía debajo de su blusa y ni siquiera pude descubrirlo. Estoy viendo de hecho que hay varias butacas vacías, desde ya quiero hacer saber que todo aquel que no asista a las cinco conferencias no va a encontrar en la mesa de acreditaciones su certificado de asistencia el último día.
El tema que nos convoca hoy es de los más importantes que voy a abordar aquí, y como tengo entendido que muchos de ustedes no son médicos, voy a permitirme hablar sin pruritos. No creerían lo prejuiciosos que podemos ser los doctores a veces.
Mis estudios sobre las neurosis y su tratamiento me han llevado por caminos a veces maravillosos y otras veces bastante desafortunados, y puedo decir que la experimentación con drogas las más de las veces ha entrado entre estas últimas.
Luego de resignar la hipnosis como método curativo, así como algunos otros de los que preferí no constara en ninguna literatura (involucraba roedores, niños abandonados y algunos artefactos electrónicos bastante peligrosos), me sumergí profundamente en el mundo de las drogas. Y si el mundo de las drogas tuviera su propia Fosa de las Marianas, hasta allí buceé yo, y vi cosas tan extrañas como los peces que allí se encuentran, deformes, con un solo ojo, monstruosos.
Como algunos de ustedes ya habrán escuchado por ahí, el acercamiento a las drogas como forma de herramienta para el psicoanálisis tuve que ensayarlo con mi propio cuerpo, nada de ratas ni ratones ni ningún bicho parecido al hombre, sino el hombre mismo. Mi padre siempre me decía que si quería que algo salga bien, que lo haga yo mismo. Pero no quiero hablar de mi padre, sino debería ir a lavarme siete veces las manos. El tema con la ciencia es que tiene que haber un observador objetivo y un objeto a observar, pero sucede que el observador y aquello a lo que observa es, en mi caso, lo mismo, o sea yo. Y todo se complica aún más cuando a esta ecuación se le agrega una variable alucinógena, puesto que la percepción del investigador se ve alterada a la vez que se altera su objeto de estudio, y así cada vez peor. Estuve mucho tiempo luchando contra esta paradoja, me gustaba compararme con Don Quijote y sus molinos de viento, ambos teníamos nuestros propios enemigos en nuestra cabeza, pero eran ellos los que nos inspiraban y daban sentido a nuestra vida. O algo así.
Supe que tenía que abandonar la experimentación con alucinógenos luego de que mi esposa (a la que por entonces llamaba Dulcinea) me encontrara deshidratado, casi desnutrido, con una lanza en la mano y tendido sobre el cristal de un microscopio de tamaño colosal que había mandado a construirme con los ahorros de toda mi vida y los de mi padre. Además ya le había adherido ocho ruedas y unos potentes motores con la intención de viajar directo al inconsciente montado en mi artefacto. La paradoja del observador observado y los alucinógenos habían terminado por enloquecerme, buscando observarme a mí mismo de una forma imposible, haciendo cosas que hoy por hoy me avergüenzan.
Pero no todo sería delirios, extravagancias y fracasos en mi experimentación con las drogas, luego de abandonar el camino chamánico de los alucinógenos se me dio por probar muchas cosas, la gran mayoría de las sustancias que ingerí fueron productos de limpieza que tomaba de mi casa y algunos deshechos del hospital en donde trabajaba que generalmente no hacían más que provocarme grandes dolores de cabeza y le daban un color extraño a mi orina. Eso y la pérdida progresiva de memoria que se comenzó a hacer evidente, lograron que una noche decidiera dejar todo y me fuera -ya no recuerdo si queriendo ahogar mis derrotas o si buscando inspiración- a tomar unos tragos al Hässembaüer Night Klubb, y entonces La conocí. Fue Gretel quien me la presentó, una mujerzuela del bar cuyos años de gloria ya habían quedado atrás hacía casi una década y ahora se dedicaba a servir tragos y dar consejos de vida a los hombres tristes que allí llegamos. No se puede decir que haya sido amor a primera vista, no me pareció atractiva cuando la vi y a decir verdad en ese momento me seducía más el Ajenjo que llenaba mi vaso. Pero igual le di una oportunidad, más porque no tuve que pagar por ella y para que Gretel se dejara de joderme que por genuino deseo de hacerlo. Vaya que se lo agradezco hoy en día. En todas y cada una de las publicaciones que he hecho siempre figura entre los agradecimientos el nombre de Gretel por guiarme hacia Ella, y por lo tanto hacia unos de los descubrimientos más importantes para el psicoanálisis y cualquier otra disciplina que pretenda mitigar el padecimiento humano, sea arte, religión o superstición. Estoy hablando de -permítanme ponerme de pié- La Cocaína.
Hay quienes no ven muy bien esto de que yo le de tanto protagonismo y relevancia a una sustancia para el tratamiento psicológico de una persona, y pretenden que el Psicoanálisis sea puras palabras. En algún momento dije que lo que curaba era la palabra, pero por suerte mi espíritu de insaciable curiosidad científica y mi siempre latente pulsión epistemofílica (y Gretel) hicieron que encuentre aquello que ha de sustituir cualquier método curativo. Hoy puedo decir que lo que cura es la cocaína, no la palabra.
Y esto que digo tiene un sólido respaldo empírico, nada de análisis ni interpretación ni ninguna mariconada de esas, la persona depresiva toma cocaína y se le pasa la depresión. Esto yo lo pude comprobar experimentando con muchos pacientes que presentaban un profundo cuadro depresivo y los resultados han sido maravillosos: la gente encuentra un motivo para vivir y eventualmente es feliz. Y lo cierto es que yo también me he convertido en una mejor persona.
Los resultados en el caso de los niños también han sido positivos en lo que hace al rendimiento escolar ¡e incluso deportivo! Generalmente no muestran aversión a tomarla y se los ve mucho más saludables; solamente en unos pocos casos los niños han experimentado sensación de muerte y terror en situaciones que no lo ameritaban , así como también pesadillas recurrentes. En el caso de los neonatos y las mujeres embarazadas no he registrado efectos adversos más que falta de sueño en los primeros (algún que otro caso de sangrado nasal no significativo, eso también le ha pasado a algunos niños más grandes, creo que no lo había mencionado) y simples dolores de cabeza en las segundas. Quizás deba mencionar algunos pocos casos de aborto espontáneo y hemorragias internas, pero no hay nada que conecte una cosa con otra, así que también he desestimado estos datos.
Sí es cierto que luego de un tiempo medianamente prolongado de uso ininterrumpido de cocaína la persona puede sentir la “necesidad” de consumirla, a veces urgentemente. Hay quienes ven esto como algo negativo, a ellos los invito a reflexionar, ¿a alguien acaso no le urge ser feliz? ¿quiénes somos nosotros, los médicos, vecinos, amigos o amantes para negarle a alguien su felicidad aquí y ahora? 
Llámenme loco, o soñador, pero en unos años no habrá músico que no le cante, no habrá pintor que no la retrate, no habrá médico que no la recete. No me cansaré de hacerle apología a esta sustancia que es sin dudas la representación material, palpable, esnifable y saboreable de la propia Eufrósine, diosa del júbilo y la alegría, hija del mismísimo Zeus que todo lo puede y todo lo sabe, para que los mortales seamos finalmente felices.
Algunos detractores de mi obra me ha tratado de adicto… y sí señores ¡lo soy! ¡soy adicto a la felicidad! ¡adicto a la vida!

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