Cumbia pesada


Un día Jaime Roos decidió afeitarse el bigote y empezar de cero su carrera musical. Sin su bigote es irreconocible y puede subirse tranquilo a los escenarios sin que la gente le pida a gritos que toque “Amándote”. Hoy vive feliz siendo el ignoto líder de un grupo tropical experimental. De vez en cuando se pone un bigote postizo para dar alguna entrevista encarnando su antiguo yo, cosa de no despertar sospechas, pero nada más. Todo el mundo piensa que Jaime sigue siendo Jaime, pero él no hace más espectáculos ni planea sacar más discos usando su nombre (excepto las habituales recopilaciones que saca todo el tiempo). Toda su anterior vida de músico popular ha quedado en el pasado.
Todo empezó el tras la edición de su último disco y la correspondiente gira de presentación. “No quiero ser más Jaime Roos” dijo una mañana, y al de inmediato se puso manos a la obra. Primero reclutó músicos. Puso un aviso en el Gallito Luis que decía “Se buscan músicos que nunca hayan tocado con Jaime Roos y que no estén peleados con Jaime Roos para proyecto que nada tiene que ver con Jaime Roos. Se paga miles de dólar.” Se presentaron  328 músicos y comenzó la selección.
Algunos eran muy gordos. Otros eran muy feos. Algunos tocaban demasiado mal. Otros excesivamente bien. Jaime optó por un pianista virtuoso que puso a cargo de la percusión, y por tres percusionistas a quienes asignó un bajo, una trompeta, y un teclado. El grupo se llamaría Tabaré Vázquez viola niños con cáncer, los mata, los cocina y se los come y harían lo que el exbigotudo denominó “cumbia pesada”.  En realidad era cumbia común y corriente, pero tocada a un volumen muy alto, con el bajo distorsionado y voces guturales. Roos adoptó el rol de cantante y optó por no tocar ningún instrumento.
Ensayaron exhaustivamente, compusieron un puñado de efectivas canciones y se concentraron con miras a impresionar al público en su primer recital. Tocarían un jueves de enero en un antro clandestino ubicado en las afueras de la ciudad de Melo. Había nerviosismo en el grupo. “Los ensayos se complican preparando carnaval”, decía Roos citando involuntariamente una de sus viejas canciones, casi como por reflejo.
Llegó el día tan esperado. Unas veinte personas aguardaban el comienzo del espectáculo. Apagaron el equipo de música del local (un disco de Sonido Profesional sonaba en repeat desde hacía horas). El grupo estaba listo para tocar. El exbigotudo dio la orden y la música empezó a sonar.
No hay forma de describir en palabras el grado de brutalidad del sonido que emanaba de esos parlantes. Era como una jauría de perros rabiosos destrozando instrumentos que en lugar de estar conectados a amplificadores estaban conectados a motores de aviones. Algo así pero más fuerte y caótico. Roos gritaba, se sacudía como un enfermo, se revolcaba por el piso y se atragantaba con el micrófono. El pianista devenido percusionista golpeaba con fuerza y velocidad sobrehumanas. El bajista reventó todas sus cuerdas antes de terminar la primera canción. El tecladista vomitó sobre su instrumento.
Esa noche interpretaron “Mira como mueve”, “Goza esta cumbia sabrosa”, “Todo el mundo a gozar”, “La negra quiere bailar”, “Bailar quiere la negra”, “Mueve que mueve” y “Todo el mundo adorando a Satanás”, entre otras canciones. Fue un éxito. O al menos ellos quedaron conformes. El público quedó entre desconcertado y confundido, pero felizmente no hubo reacciones violentas hacia el grupo.
Bien. Esta es la parte de la historia donde llega la decepción y la vuelta a la normalidad. Como en una de esas comedias televisivas en las que los personajes se meten en mil enredos pero al final del capítulo vuelven a sus situaciones iniciales, prontos para meterse en más enredos la semana entrante y así sucesivamente hasta que deje de ser rentable.
Pero en este caso las cosas no tienen por qué ser así. Mejor dejémoslo feliz a Jaime con su conjunto de cumbia pesada. No hay necesidad de arruinar su sueño para darle un mísero final a esta historia. 

Obama y el Sexo


 No, mentira, es para captar atención de lectores casuales el título: esto va de crítica literaria.


El Patio de la Literatura:


Infinidad de reseñas: Una mirada fresca y profunda a la obra de Aurelio Fagúndez


Difícil es encontrar palabras para definir una obra tan ecléctica y variopinta como la de Aurelio Fagúndez, a no ser por las palabras “porquería” o “genialidad”. Es que este poemario de Fagúndez puede ser ubicado exactamente allí, en el límite que separa la genialidad y la sutileza, de la porquería y de la torpeza.

 El poema que abre la obra y que además le da nombre- Infinidad de universos, infinidad de tiempos, finitos seres- es un poema que explora con vibrante naturalidad, y desde la voz de una pre adolescente anoréxica, el confuso entramado de estrés, tensión y competitividad de la elección de las representantes para Miss Universo. La cuidadosa elección de las palabras y la aparente inocencia de los versos producen en el lector la suspensión de la incredulidad que siempre resulta tan necesaria.

En Ya está pronta la lechita, segundo poema del libro, Fagúndez se despacha con una catarata de versos endecasílabos y con un lenguaje simbólico que remite a la lírica del “Indio” Solari y a la de Umberto Eco, y cuya línea temática –producto de ese alto grado de simbolismo- bien podría versar sobre un padre que abusa sexualmente de sus hijas recién llegadas de la escuela, o bien podría ser entendido como un reverso, o un negativo, de la intencionalidad detrás de la obra de Erich Fromm, en El miedo a la libertad.

Podríamos agrupar a los poemas 3, 4 y 5 en un subgrupo que gire alrededor del eje temático “educación versus barbarie”. Tanto Paulo Freire me introyectó el opresor por el recto, como Escuela Moderna, alumnos Posmodernos, civilización nefasta  y muy especialmente Se te manchó la túnica: es tu primera menstruación son poemas que alternan la dulzura de la niñez, el análisis sesudo e irónico de la actualidad educativa a nivel mundial y versos de apariencia autobiográfica que le dan a estos poemas un toque especial, ese no sé qué tan propio de las obras de poetas que abren sus sentimientos y vivencias a los lectores.

Soy puto, el sexto poema del libro, es un soneto magníficamente diseñado para mantener la atención del lector y es a la vez el más largo del libro: sobrepasa las quinientas páginas. Referir a su temática le quitaría al lector las delicias de la sorpresa y del sobresalto intelectual.

En Pierre Menard, autor del Alquimista, Fagúndez nos presenta una clara referencia al cuento del Argentino Mario Benedetti y nos interna en un delicioso viaje por el mundo de las conjeturas, de la filosofía y de las constantes referencias literarias. De lo mejor del libro.

El poema que cierra el libro –desde el punto de vista de la forma, el más osado-No me digas profe, decime papi está escrito en versos libres, la rima está ausente, pero el sentimiento y la profundidad no. En un lenguaje claro y conciso, Fagúndez nos interna en un mundo de tentaciones, sensualidad y tabúes: el eje temático acerca al lector a la historia de un docente de diseño gráfico que detesta la formalidad y el paso del tiempo, pero que ama a sus alumnas, en el sentido de tener sexo con ellas.

Infinidad de universos, infinidad de tiempos, finitos seres es un libro estremecedor, calmo, fresco y monótono. Es altamente recomendable. La gradual publicación de la obra de Fagúndez no puede ser recibida de otra manera que con los brazos abiertos. Enhorabuena.

UPSS!


El universo de los adolescentes es algo sumamente misterioso e impenetrable, al menos para mí. No lo entendía mientras yo formaba parte de él y mucho menos lo entiendo ahora, de hecho lo odiaba antes y lo odio ahora. Y no me vengan con que en realidad no es odio sino temor, porque se le teme a lo nuevo, a lo desconocido y todas esas gansadas. Yo desconozco cómo se hace una empanada gallega y sin embargo no le temo, asimismo conozco otras cosas y sí les temo, por ejemplo a Humberto de Vargas manejando trenes. Así que eso del temor a los desconocido es una falacia, lo que me sucede con la adolescencia es simplemente que no la entiendo, y tampoco entiendo cómo hay gente que le gusta y que la disfruta mientras la vive, o cómo hay individuos que anhelan tanto volver a esa lúgubre etapa que se visten como ellos, hablan como ellos, piensan como ellos, etc. Sin embargo, el hecho de trabajar con la población adolescente y pre-adolescente (¿alguien sabe dónde empieza una y termina otra?), exige que uno deba hacer un esfuerzo por al menos arañar ciertos códigos, modas e intereses que capturan a este público, en un intento de acceder al menos como un turista a ese mundo de porquería.
Gracias a uno de estos encuentros con dos jovencitas de 13 y 14 años, fue que me llegó una historia-noticia que me conmovió y de la que todo el mundo teen ya estaba al tanto hacía rato.
La cosa es así, Avalanna Routh es una niña de 6 años como cualquier otra de Estados Unidos, y como tantas otras, es una gran admiradora de Justin Bieber. Es así que decidió -con la ayuda de su madre- celebrar su cumpleaños casándose con un póster de su ídolo (sí, con un póster). Resulta que Avalanna (tiene nombre de negra, pero es blanca) padece de una "forma de cáncer rara y de rápido esparcimiento", cosa que nos gusta a todos, y por eso mismo esto llegó a oídos de Justin o de quién sea que lo mande, y allá fue a conocer a su prometida.
¡No me digan que no nos gusta que tenga una forma de cáncer bien jodida y que además tenga 6 años! A diario debe suceder que miles de niñas se casen con los posters de sus diferentes ídolos que cuelgan en la parte interior de las puertas de sus roperos; sin embargo, esto no es suficiente para que la fantasía se hagan realidad, se necesita un cáncer lo suficientemente exótico para que suceda. Así que no vengan con leucemia o los trillados tumores cerebrales, quién no tiene de esos!
En fin, la cosa es que Justin Bieber fue a conocer a la niña y a casarse simbólicamente con ella, luego de que todo el mundo en redes sociales y shows de TV insistieran en que se consume semejante bizarreada. Ese día el cantante tweeteó (tweetió, tuitió, no se como es) "Pasando el día con una niña muy especial", y luego "Esa fue una de las mejores cosas que he hecho en mi vida. Me siento muy inspirado."
Al margen de que la inspiración de Justin Bieber en su mejor momento debe ser tan profunda como la de Julio César Gard borracho (no quiero caer en detractar al cantante, ya hay bastante de eso), de todo esto se desprenden dos hipótesis: o es un degenerado y le gustan las niñas preferentemente con enfermedades terminales, o es un demagogo y en tal caso estará esperando que la niña muera comida por los gusanos para componer (que le compongan) alguna balada que hable de ella y que eventualmente venda millones de discos, y cuyas ganancias se destinen a alguna fundación trucha de lucha contra cánceres raros que él mismo funde (me refiero a la fundación, valga la redundancia, y no a los cánceres), o algo así.
Igual quiero decir que me gusta más la primera opción. De todas formas dudo que algo de esto sea verdad, acaso todo sea una maniobra de la niña –a la que ni siquiera le creo la edad- y de su madre para ganar minutos de televisión, así que mientras la pequeña siga en pié, o en la falda de Bieber, yo no me arriesgaría a afirmar nada… embaucadora. Así cualquiera ¿y si yo quiero conocer a Natalie Portman qué hago? ¿Tengo que tatuarme una vaca en el abdomen como Devendra Banhart? O me podría inventar un cáncer, supongamos, decir que tengo cáncer de cáncer, es decir, que tengo un tumor al cual le salió otro tumor, constituyendo un cáncer distinto del original, ¿eso funcionaría? ¡A Avalanna Routh le funcionó! Y bueno, si llego a estar equivocado ya pediré perdón a su debido momento.
Pero si vemos que pasa el tiempo y no tenemos noticias voy a haber sido el primero en decirlo. Y digo más, toda esta pantomima incluso puede generar el conocido efecto dominó: ya me imagino a miles y miles de niñas intentando contraer enfermedades terminales, comiendo productos cancerígenos, viajando a Japón para exponerse a la radiactividad, y quién sabe cuánta barbaridad más.
Algunas de estas cosas pensaba yo, mientras las jovencitas fanáticas de Justin Bieber me contaban acerca de la incomparable sensibilidad del artista y de su infinita bondad, seguramente aguantándose las ganas de meter sus propias cabezas en el microondas.
Después de escucharlas, me arriesgué e hice un mínimo intento de darles a conocer una ínfima parte de mi opinión acerca de todo esto y casi me linchan, literalmente. Cuando no se puede, no se puede.

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Vean cómo busca quedarse con la cadena de oro puro de Bieber, es lo único que le interesa a esta trepadora... Y no me digan que tiene 6 años!!!


No entiendo esta foto:

Justin Bieber con un parche de Napalm Death en el chaleco.
 
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