Un título provisorio


 Esto que está acá abajo, a continuación de esta introducción, es un extracto de una  novela corta que se llama El recitador de formaciones, que posiblemente nunca voy a publicar que aun no he publicado. A los efectos de este "post" -como les gusta decir a mis dos colegas hispanoangloparlantes de este blog- he decidido ponerle un título provisorio. 


(...)Alguien tocó la puerta de mi cuarto. Abrí y me encontré con el rostro de mi madre, con una expresión un poco sospechosa. Luego metió medio cuerpo en mi habitación de un modo bastante rudo, como si en alguna parte de su mente creyera que yo no le iba a permitir la entrada por nada del mundo. A pesar de lo que creí en primera instancia, mi madre no pretendía entrar al cuarto, pues desoyendo mis sugerencias tendientes a facilitar su ingreso, ella prefirió quedarse con medio cuerpo dentro de mi habitación, trabando con uno de sus pies la puerta, de modo que esta no pudiera cerrarse por completo. De vez en vez, miraba hacia fuera del dormitorio. Me comentó, con el mismo gesto facial que tenía segundos antes, que me iba a ir a tomar unas vacaciones a un “refugio de vacaciones”. El tono imperativo no se correspondía a la relación que tenía ella conmigo, pero ese hecho no me inquietó demasiado. Me podían venir bien unas vacaciones, mucho más cuando mis padres estaban dispuestos a hacerse cargo de todos los gastos. Fantástico.

Luego de unos minutos empacando velozmente, me subí a la camioneta blanca que mis padres contrataron para trasladarme al refugio de vacaciones. Los encargados del vehículo también vestían de blanco “debe ser una decisión empresarial, como para dar una imagen de pureza, quizá de pulcritud” recuerdo que pensé. En última instancia no estaba mal: el blanco es un color que transmite bastante paz.
 El viaje en la camioneta fue bastante tranquilo. Según me había dicho mi madre, en el refugio regalaban muchos caramelos; tal vez por haberles caído en gracia, los señores de la camioneta me regalaron un caramelo azul antes de llegar al refugio. Pudo que se tratara de una deferencia empresarial, como en los ómnibus interdepartamentales en los que te regalan chocolatines y te dan jugos, y nada tiene que ver el haberles caído en gracia o no.
 Seguramente por el vaivén del vehículo, comencé a sentir ganas de dormir. Luego de consultar a los señores -por una cuestión de respeto- acerca de si me permitirían dormir en una mesa acolchonada con forma de camilla de hospital que tenía a mi lado, me acomodé en ella y dormí.

 Cuando desperté, estaba en un cuarto bastante grande. Seguramente dormí tan profundamente que no pudieron despertarme y los señores de la camioneta tuvieron la deferencia de subirme a la habitación que me correspondía.
 Noté, al instante, que no estaba solo en la habitación. Aparentemente el refugio de vacaciones no constaba de habitaciones individuales, o tal vez éstas eran demasiado caras para una familia pobre como de la que provengo y mis padres no tuvieron otro remedio que pagar por una de cuatro personas. Eso no me molestaba en absoluto, “encima que me pagan las vacaciones me voy a quejar porque mis padres no pueden pagarme una suite individual. Vamos, ¿quién me creo que soy?” me repetía, con una sonrisa.
 Examiné la habitación y me topé con tres individuos más.  Recuerdo que pensé que esas vacaciones podían ser útiles, no solo para descansar, sino también para conocer gente nueva.
Uno de los individuos estaba agachado, con la palma de su mano derecha frente a sus ojos, mirándola fijamente. No me animé a interrumpirlo. Debía estar meditando, o algo así. El segundo, seguramente haciendo un ejercicio de algún arte marcial oriental, se golpeaba reiteradamente la cabeza contra la pared. Y lo hacía bastante fuerte; sin embargo, no se lastimaba. Me percaté, en ese momento, que las paredes estaban acolchonadas. Un lujo que no hubiese esperado; si esa era la habitación barata, lo que sería la individual. La verdad que se portaron mis padres.
 Continué con mi examen visual y me topé con un par de ojos que me estaban mirando fijamente. Detrás de esos ojos, había un cuerpo. Se trataba del tercer habitante de mi nuevo hogar de vacaciones.
 De acuerdo a lo que pude averiguar, se llamaba Napoleón Bonaparte, y según me dijo, dirigía por ese entonces un poderoso ejército que estaba en guerra con algunas naciones absolutistas europeas. Tal vez algún gesto de mi cara le hizo entender que no le estaba creyendo nada - cosa cierta- a pesar de que hacía caras de asentimiento y credulidad. El compañero de cuarto comenzó a gritar que los austriacos lo encerraron creyendo que esa era la única forma en que podían derrotarlo; luego se abalanzó sobre mí al grito de “Prusia va a caer”, pero con una ágil pirueta lo esquivé. Esa no era la forma en que yo quería pasar las vacaciones; no pretendía estar enemistado con uno de mis compañeros de cuarto, por lo tanto busqué la manera de calmar la situación. Usando palabras tranquilizadoras y una patada en los testículos, logré que se calmarla. Mientras se retorcía en el suelo, intenté aproximarme para explicarle que yo no quería tener problemas con él. Mientras recuperaba el aire, y se incorporaba, ya más tranquilo, me preguntó si yo pertenecía al ejército ruso del Zar. Ante mi negativa, me pidió disculpas por su comportamiento anterior, aduciendo que no era fácil dirigir al ejército imperial francés desde esa habitación. “Hay mucho espía”, me dijo.
 Luego de unos minutos, el amigo Napoleón comenzó a recorrer la habitación de un lado a otro, deteniéndose de a ratos en una de las paredes blancas del dormitorio para marcar con tiza celeste algunos puntos y líneas. Traté de acercarme a ver qué era lo que hacía, pero al notar que me acercaba, se interpuso en mi camino.
-Todavía no tenemos suficiente confianza como para que veas mis estrategias militares- dijo, con un tono tan amenazante como el que había usado antes. Para evitar más problemas, decidí recostarme en mi cama.
 No tuve mucho tiempo de descanso, pues los servicios a la habitación llegaron. A todos nos convidaron con deliciosos caramelos, de diferentes formas y colores; algunos eran masticables, otros debían colocarse debajo de la lengua, ¡otros se tomaban con un trago de agua! A mí siempre me gustaron los caramelos, así que estaba sumamente satisfecho con la atención. Y era tan solo mi primer día en el refugio de vacaciones.
 Napoleón, en cambio, no se mostraba tan satisfecho. No solo tenía reticencias a la hora de aceptar los caramelos, sino que directamente insultaba a los del servicio a habitación. Está bien que no golpearon la puerta del dormitorio, ni anunciaron que eran del servicio de habitación, pero tampoco correspondía tratarlos con semejante hostilidad.
 Los empleados del refugio, al ver las marcas en la pared, borraron todo y la dejaron impecablemente blanca, como a las otras tres.
-Austriacos de mierda, por más que borren mis estrategias militares los voy a vencer. Las claves para el triunfo francés están acá- decía Napoleón, tocándose la frente con el dedo índice de la mano derecha, manchándose con tiza celeste.
- ¿Dónde dejaste la tiza?- preguntó uno de los del servicio a cuarto. Aparentemente no se podía tener tizas de color celeste en las habitaciones.
-Nunca lo van a saber, nunca lo van a saber- repetía una y otra vez Napoleón.
-¿Me podés explicar cómo hiciste para escribir en una pared acolchonada?- preguntó otro de los empleados.
- Soy Napoleón Bonaparte, emperador del pueblo francés.
- Y si te pregunto quién sos, ¿me vas a decir cómo hiciste para pintar la pared acolchonada, loquito desquiciado?- retrucó el otro empleado, a mi manera de ver, de modo un poco agresivo.
-No, no, no. No, no, no- decía Napoleón, mientras realizaba unas danzas extrañas a base de movimientos pélvicos y graciosos saltitos.
 Los empleados se retiraron rápidamente, sin mirar a los demás habitantes del dormitorio. Debo admitir que su trato fue un poco rudo, pero tal vez la relación entre los empleados y Napoleón no era la mejor. Quién sabe cuanto tiempo hacía que Napoleón residía allí, y todos sabemos que las relaciones humanas suelen desgastarse con el tiempo(...)


Narcotráfico de órganos entrevista (I)

HOY:
Enrique, el hacedor de colas

     Camino por un largo pasillo abierto y repleto de plantas descuidadas, una calcomanía del escudo de Rentistas y otra de Tarjeta Cabal, algo descoloridas por años de exposición al sol, adornan la puerta de entrada a la casa de Enrique.
Me atiende su hija, “papá se está bañando porque sabía que venían”, la niña, de aproximadamente 8 o 9 años, tiene una frente desproporcionadamente grande en comparación con el resto de su pequeño rostro. Me siento y espero, mientras ojeo un ejemplar de “El Universal”..
- Ese me lo regalaron el otro día…
Enrique salía del baño con una gran sonrisa y recién afeitado, era bastante gordo y llevaba una remera de los Juegos Olímpicos de Atlanta 96.
- Los tipos van y sin decirte nada te regalan el diario… ta bárbaro.
Luego de ofrecerme mate y una torta de naranja –bastante rica- que su propia hija había hecho, nos ponemos a charlar.

H - ¿Cómo exactamente se llamaría tu profesión? Es medio raro decir “hacedor de colas” no?
E - Uno se acostumbra, para mi a esta altura es como decir carpintero, abogado, presidente de la República, pero técnicamente sí, el nombre sería “hacedor de colas”
H - O sea, cuando tenés que llenar algún documento que requiera especificar tu profesión, ¿cómo ponés?
E - Yo personalmente prefiero poner “trabajador independiente” o sino “empresario”…no me parece que mi trabajo se ubique dentro de lo que son las changas, porque desde siempre hago el mismo trabajo.
H - ¿Cómo empezó todo esto de hacer colas como medio para vivir?
E - Esto es un negocio que es tradición familiar, lo empezó mi abuelo cuando vino de España, el tipo no sabía hacer nada pero tenía mucho aguante para estar parado, así que empezó a ofrecerse para hacerle la cola a los inmigrantes en el registro a cambio de vino, aguardiente o incluso opio, mi abuelo era un gran consumidor de opio, de ahí su sobrenombre…
H - ¿Cómo le decían?
E - Opio.
H - Así que esta es una profesión que se fue transmitiendo de generación en generación..
E - Sí, mi padre empezó a ayudar a mi abuelo cuando el viejo estaba muy dado vuelta y así empezó a agarrar viaje con eso. Y conmigo fue distinto, a lo primero él quería que estudie pero es como yo siempre digo, cuando uno lo lleva en la sangre lo lleva en la sangre, no hay vuelta.
H - ¿Y cuándo empezaste concretamente a trabajar de esto?
E - Cuando era un pibe, tendría 12 o 13 años, me iba con mi tabaco y mis hojillas a hacer la cola para cobrar jubilaciones principalmente, cosas fáciles al principio viste.. y mi viejo vio que andaba bien y me empezó a tener fe para laburar de esto, un poco también conciente de que a él ya no le quedaba mucha cuerda..
H - ¿Dirías que este es un trabajo complicado?
E - Y… es como todo. El que lo ve de afuera se piensa que es fácil, que “no hay que hacer nada” o que es “estar parado” y ta, pero la verdad es que no es tan así, hay muchísimas variables en  juego a la hora de hacer una cola y yo te diría que lleva años aprender a hacer bien una cola.
H - ¿Qué dirías que es lo más jodido de un laburo como le tuyo?
E - Las viejas, indudablemente las viejas. Mi padre me enseñó a laburar con ética por sobre todas las cosas, y la regla de oro en este trabajo es no colarse, después dado el tipo de cola que se haga puede haber muchas otras, como no hacer la cola para un revendedor de entradas, etc. Pero el tema de colarse es algo inadmisible, y las viejas son las que más lo hacen, entre muchas otras cosas.
H - ¿Por ejemplo?
E - Por ejemplo que ellas te llegan 5 horas antes a hacer una cola igual, eso no va en contra de la ética, pero se la complica bastante a un laburante como uno, que tiene muchas otras colas para hacer ese mismo día. Y cuando digo “vieja” me refiero a las que todavía pueden caminar y manejarse por sus propios medios, después de que se joden la cadera y la columna me sirven porque son las que más laburo me dan… por eso te digo, es complcado.
H - ¿Qué pensas acerca de los lugares donde se sacan números y no se hacen colas?
E - Estoy en contra de los números, no es porque me saquen laburo, es porque al final uno termina siendo esclavo de un papelito con un número y te da la falsa sensación de que sos libre, un suponer, va por el 24 y te tocó el 68, ahí decís “ta, me da para hacer tal o cual cosa”, pero en realidad en ese rato estas pendiente de si no va a pasar tu número, entonces al fin y al cabo sos esclavo de un papelito. Aparte se presta para transgresiones como por ejemplo darle tu número al que recién llega si te vas, eso es injusto para los otros, en las colas no pasan esas cosas, hay un órden que todos ven y que tienen que respetar, en el sistema de números uno especula y no sabe quién tiene cual número, es todo por atrás, a escondidas, en la cola no.
H - ¿Estas a favor de eso que muchos hacen de “cuidame el lugar que ahora vuelvo”?
E - Hay que considerar cada caso en particular, personalmente no me gusta mucho eso, pero hay veces que es necesario… he visto gente defecarse encima mientras hacía una cola por no perder su lugar, he visto a mujeres dar a luz en la fila para no perder su lugar…
H - Me imagino que tantos años en esto habrás visto cosas increíbles, ¿qué fue lo más asombroso que te ha pasado mientras hacías una cola?
E - Yo te puedo decir que vi a María Inés Obaldía golpear a un niño con un paraguas hasta dejarlo inconsciente, y como te digo eso te puedo decir también que vi a un tipo deglutir su propia mano en una protesta frente al Ministerio de economía y finanzas…
H - Asombroso, por último, ¿te gustaría que tu hija siguiera con esta tradición familiar?
E - Yo le digo que ella siga su corazón, ella quiere ser cantante… igual yo le digo que perfectamente podría cantar mientras hace colas, que son cosas complementarias, creo que el arte de vivir pasa por descubrir las cosas que nos hacen feliz y tratar de hacerlas todas juntas, como hacía mi abuelo que tomaba mientras hacía cola, o yo que me llevo crucigramas.

Mientras su hija me entrega un trozo de torta de naranja envuelta en una servilleta, Enrique me pregunta si puedo publicar su teléfono en esta nota a modo de publicidad, le digo que me lo deje y que después el editor decidirá si se publica o no.
 
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