Amor legal


La sala está lista para que comience el juicio; tanto el jurado, como los dos equipos de abogados, los testigos, la guardia policial y la acusada, están aguardando la llegada del juez. El juez, luego de unos minutos, sale de un enorme armario que hay detrás de su estrado; primero agacha su cabeza para no golpeársela contra la parte superior del mueble, y luego, una vez afuera, cierra la puerta cuidadosamente. Camina cinco pasos rumbo a su estrado. Se sienta y prueba su martillito de madera golpeando suavemente sobre la palma de su mano izquierda; satisfecho con la prueba, da por iniciado el juicio.

Según indicó el abogado de la fiscalía, se llamaba al estrado a testificar al señor Európeo Vespucio.
El testigo caminó sobre el piso de madera que crujía de vez en cuando, rumbo al estrado. El silencio lo incomodaba. Luego de unos segundos, el testigo estuvo sentado y listo para ser interrogado por el abogado de la fiscalía.
El abogado, lentamente, se acercó al estrado donde estaba el testigo.
-Cuéntenos, señor Vespucio… ¿cuál es su relación con el difunto señor Lamartine?
-Bueno, nuestra relación es…perdón, era, la de un par de conocidos que todos los días se encontraban tomando caña en la barra del mismo bar. De vez en vez teníamos conversaciones de fútbol, de política, y de mujeres, que nos derivaban frecuentemente a otros temas.
-Temas relacionados a sus prácticas religiosas, imagino- interrumpió el abogado.
-¡Objeción!- exclamó el abogado defensor parándose súbitamente.
-No hay lugar- dijo el juez, con fastidio.-Prosiga.
El abogado que había objetado se mostró sorprendido por las palabras que había usado el juez, pero no insistió.
El abogado que interrogaba al testigo repitió su afirmación, pero ahora, en forma de pregunta. El testigo se tomó unos segundos antes de responder. Luego, respondió.
-Sí, de religión se hablaba, pero poco. Los temas a los que nos derivaban las charlas eran más bien a temas como…como lo de la última vez, donde Lamartine estaba como loco gritando que Danubio no sé qué y yo le decía que me dejara la vesícula en paz o le rompía la cara a la mujer. Y me dejó la vesícula en paz, porque si hay algo que le molestaba a Lamartine es…era, que le pegaran a su mujer; en eso Lamartine era muy reservado, muy chapado a la antigua: le pegaba él, o no le pegaba nadie.
-Usted dice entonces que el señor Lamartine golpeaba a su mujer.
-¡Conmoción!- exclamó el abogado defensor.
-Ya le dije que no hay lugar- dijo el juez de mal modo- ; pero, dígame una cosa, ¿usted se da cuenta, señor abogado defensor, que está objetando en defensa del difunto? ¿Su defendido es el señor Lamartine, la víctima?
-Sí. No. No, mi defendida es, acá, la señora Broadcasting- dijo el abogado defensor, señalando con el índice.
-Sí, su defendida es la señora Broadcasting, pero ese que usted señaló es el abogado de la fiscalía. ¿Se encuentra bien, doctor Mendizábal?- preguntó el juez, mientras abría un bombón de chocolate y hacía mucho ruido con el papel.
-Je. Sí, sí. Lo sé. El señor allí es el abogado de la fiscalía, no la señora Broadcasting, que es mi defendida, a diferencia del señor Lamartine que no es mi defendido, sino el difunto, la víctima; víctima que no fue asesinada por la señora Broadcasting.
-¡Objeción!- gritó el abogado de la fiscalía.
-Hay lugar, hay lugar- dijo el juez sin levantar la vista. Dándole un mordisco al bombón, agregó: - si nos apretamos un poco todos, hay lugar. Prosiga doctor, por favor. Pero, ¿sabe qué? Hágalo con rima.
-¿Cómo dice?
-Que lo haga en rima. Que rime las palabras, como antes yo dije “Prosiga doctor, por favor”. ¿Comprende?
-Sí, comprendo – respondió el abogado de la fiscalía.
El juez lo miró con desaprobación.
-Sí, pienso que ya comienzo, con la rima encima de cuanto parlamento yo comento, como abogado que apunta con su pregunta a saber la verdad verdadera de los hechos.
-Eso último no rimó.
-No.
-¿Le gustaría salir conmigo una vez terminado el juicio?- comentó el juez, levantando una ceja.
-Con todo gusto, su señoría.
-Bien, abogado de la fiscalía. ¿A las diez en la escalerita del mausoleo le parece bien?
-Me parece perfecto, su señoría.
-Bien, abogado de la fiscalía, por favor, prosiga.
-Dígame, señor Vespucio, ¿considera usted que la señora Broadcasting, viuda del señor Lamartine pudo haber tenido algo que ver con el asesinato del mismo? ¿Venganza tal vez? ¿Defensa propia durante alguna de las golpizas que el difunto Lamartine le propinaba?
-¡Piromanía! –exclamó el abogado defensor.
-Acá no hay más lugar- dijo el juez. –Por favor, señor Vespucio, respóndale al musculoso señor abogado de la fiscalía.
-Bueno, yo no sé si habrá sido ella o no. Lo que sí sé es que el señor Lamartine cuando vivía era muy
-¿Puedo ir?- interrumpió el abogado de la defensa.
-¿Cómo dice?- preguntó el testigo.
-No, a usted no le habla; –le aclaró el juez- me habla a mí. Y en todo caso, también al señor musculoso preciosote abogado de la fiscalía. Y no, señor Mendizábal, usted no puede ir. No hay lugar para usted.
-Qué lástima.
-Sí bueno, tal vez en otra oportunidad- dijo el juez, con la mirada posada en el abogado de la fiscalía. Bueno, señor Vespucio, continúe.
-No sé qué decía...ah, que Lamartine era muy impredecible- dijo el testigo.
-¡Soy culpable! ¡Soy culpable!- comenzó a gritar la señora Broadcasting, parada en la mesa donde su abogado tenía desparramadas varias hojas de papeles y carpetas.
-Bueno. Vamos cerrando el caso por acá, entonces. Háganme el favor de apagar todas las luces antes de salir, ¿si?- dijo el juez, mientras se metía, abrazado fuertemente al abogado de la fiscalía, en el armario del que había salido en primera instancia.
 El abogado defensor se quedó un rato sentado en su silla, desahuciado; luego rompió en llanto, y no se sabe si por rebeldía o por olvido, no apagó las luces a pesar de haber sido el último en salir.

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