Fear and Loathing in Montevideo

Uruguay se está convirtiendo en un país de viejas asustadas y no estoy descubriendo nada con esto. Hace tiempo sucede que las señoras se detienen cuando uno va a pasar por su lado, yendo ambos en la misma dirección, en alguna calle no tan desolada como para que amerite tal comportamiento. Reacción por otro lado absolutamente inútil, sobre todo porque suelen hacerlo muy tardíamente, cuando su aparato auditivo logra percibir la presencia de ciertos pasos detrás y nos encontramos a menos de un metro de distancia. Igualmente si su capacidad de escucha fuese más fina y les permitiese detenerse antes, el recurso de parar la marcha y girar sobre su propio eje con una lentitud caracolezca para constatar o no la presencia de un eventual chorro, tampoco ayuda mucho en la empresa de evitar el posible robo. Sucede que otro tipo de reacción ya no entraría en el campo de lo posible para estas disminuidas anatomías ante una situación de este tipo.
No pretendo realizar una genealogía de la evolución tónico-postural de las ancianas ante la presencia de un joven extraño (pero estoy seguro que esto es cosa de hace poco tiempo a esta parte), más bien lo que quería era narrar brevemente lo que me aconteció hace dos noches mientras transitaba por calle Durazno, a la altura de Jackson, y que resulta casi una parodia del arquetipo de vieja asustada por Fernando Vilar.
Eran más de las diez de la noche e iba calculando el ritmo de mis pasos, procurando que acompasaran lo que sonaba en mi mp3, cuando reconozco delante de mí una silueta casi tan ancha como alta -pero que igualmente resultaba pequeña- que venía a mi encuentro. Cuando la puerta de un zaguán echó luz sobre la forma que avanzaba lentamente, este bulto indefinido se transformó en señora; señora que se detuvo; señora con unas bolsas de nylon en una mano y un gas paralizante en la otra.
En ese momento cometí el error de entreparar la marcha: sucede que la señora venía contra el cordón de la vereda y yo, digamos, más contra la pared, por lo que mi único posible camino a recorrer era pasar entre la señora armada y el portón cerrado de un garage. La otra opción era bajar a la calle pero ya me encontraba demasiado cerca de la doña y eso habría implicado una maniobra excesivamente brusca y sería decodificada por esta como una clara constatación empírica de que lo que tenía delante suyo era un joven que pretendía robarla, matarla y quizás violarla, a ella y a toda su familia.
La septuagenaria dama, parada como el Comisario Stockburn mientras Clint Eastwood se acercaba lentamente en aquella escena de Pale Rider, examinaba mi rostro y mis movimientos con el dedo ya en el gatillo. La mochila que llevaba conmigo jugaba a mi favor (quizás me podría haber hecho lucir como un joven estudiante), a lo mejor los auriculares también; la noche, las calles, mi rostro semioculto por la bufanda, mi edad y Fernando Vilar jugaban en mi contra.
No se me ocurría cómo demostrarle en ese pequeño lapso témporo-espacial de tan pocos segundos y tan pocos centímetros que yo no era todo lo que ella estaba segura de que yo era; que no soy más que un triste y domesticado cerdo pequeño burgués de clase media al que ni se le ocurriría pegarle una patada en la cabeza y robarle toda la jubilación para poder comprar la entrada para Sonic Youth, ni nada por el estilo. Es más, en ese momento no se me ocurrió, pero sacar una hoja y exhortarla a firmar para bajar la edad de imputabilidad hubiera sido un buen recurso para demostrar mi poco espíritu de chorro.
Yo seguía avanzando cada vez más lentamente y pensando los posibles desenlaces. Llegaba el momento de la verdad, los segundos decisivos, los pasos definitorios, los movimientos concluyentes, la señora, con su brazo ahora erguido, acompañaba implacablemente el recorrido del blanco con el arma y con su vista; yo casi podía sentir mi frente iluminada por un láser rojo. Agaché ligeramente la cabeza, quizás levanté un poco los hombros y me hice más pequeño e indefenso, procuré mantener constante la velocidad de mis pasos y continué marchando con mi brazo izquierdo rozando la pared y con la vista en la punta de mis pies, sumergiéndome cada vez más en mi bufanda y esperando el inminente “psss” del disparo.
Nada sucedió.
Continué mi recorrido algunos metros y me aventuré a girar mi cabeza, sin detenerme, para observar lo que había dejado detrás de mi. La señora permanecía estática, desvelada, con su brazo inclemente que seguía apuntándome aún a una distancia imposible para el calibre de su artefacto.
Pensé en propinarle una puteada, llegué a pensar incluso en la entrada de Sonic Youth, pero mis pensamientos volvieron la senda que venía recorriendo, a la del pequeño burgués, a la de Durazno y Jackson.
Penosamente todo esto sucedió durante el estribillo de “La cara pintada” de Manuel Capella; pero no se preocupen, si algún día soy cineasta y filmo una película que incluya esta escena voy procurar ambientarla con Massive Attack. Además yo voy a tener varios tatuajes y voy a ir en una moto Ninja con ametralladoras en los costados, la señora van a ser dos mafiosos chinos que me persiguen por Miami Beach en motos de menor cilindrada que la mía y que irían vestidos iguales. Uno de ellos en realidad podría ser un robot y quizás yo sería un policía del futuro o algo así, y llevaría una voluptuosa mujer semidesnuda en el asiento trasero de mi lancha de alta velocidad mientras me disparan desde los helicópteros. Ahora que lo pienso podría musicalizar la escena con algún tema de Linkin Park o alguna otra porquería nü metal.

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Yo acostumbro a adornar mis posts con fotos, en parte para rellenar un poco, pero en esta ocasión voy a hacer como Daritxo y no poner ninguna a ver si escriben una nota sobre mí en La Diaria.


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Está bien no me aguanté, sucede que encontré esta foto que representa casi a la perfección lo que quiero para el personaje principal de este relato en su adaptación al cine.



1 comentarios:

  1. cagado dijo...:

    que renuncie fernando vilar, que renuncie pedro bordaberry y que esterilicen a sus hijos para que no se reproduzcan mas, muy bueno el post sigan asi.

 
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