Mórtimer Badell

Mi nombre es Mórtimer Badell, y creo que tengo una historia que contar.

Casi recuperado del flagelo de la sobriedad y el puritanismo, me he integrado rápidamente al mundo del sexo salvaje, del alcohol, del consumo de estupefacientes y de la escritura; actividades que ahora mismo estoy practicando, ya sea durante la escritura de este mismo texto, o durante algunas pausas reflexivas entre párrafo y párrafo.

Porque lo cierto es que pienso. Influido por sustancias, pero pienso. Influido por el deseo de satisfacer los instintos más primitivos y más necesarios, pero pienso.

Pensar. Esa actividad que parece inevitable y que sin embargo, con las dosis justas de morfina, es evitable. Los griegos, que consumían vino y claramente no les era suficiente, no podían evitar pensar. Y ciertamente eso es bueno para mí, para nosotros, porque tenemos un punto de partida; un piso desde el punto de vista de las drogas y el alcohol, del desenfreno dionisíaco, como también un punto de partida desde el terreno intelectual.

Es que los griegos no solo pensaban mucho, sino que tuvieron la precaución de hacerlo varios siglos antes que nosotros.

Ellos mismos pensaron antes que yo, y con mayor profundidad, el tema del paso del tiempo. Y en especial el problema real de no tener, nunca, el tiempo suficiente para hacer bien las cosas. Porque, si bien se puede repetir –y vale la pena repetir-, el acto sexual termina con el orgasmo. Tiene un límite. El efecto de las drogas y una borrachera también. Y desde otro punto de vista, el tiempo nunca es suficiente para ponerse con todas las drogas que nos gustaría, ni hacerlo al mismo tiempo; o peor aun: no nos da el tiempo de probarlas todas, por mucho que uno se esfuerce. Y ni hablar del dinero, que tampoco da. Y ni hablar tampoco de la condena social, que sobra.

Con respecto a ese último punto, debo admitir que me manejo bastante bien; no tengo el visto bueno de nadie, no soy bien visto por unos pocos, y soy completamente invisible para el resto.

Si eso por algún motivo pareció una queja, borrad esa idea inmediatamente: a mí, pasar desapercibido me favorece.

Es justamente por esa capacidad para no sobresalir que puedo cumplir mis deseos más íntimos, y más profundos. Puedo –y cuántas veces lo he hecho- realizar el acto venéreo en lugares públicos, en lugares donde la adrenalina ya natural del coito se ve potenciada por el “temor” a ser descubierto; o bien cuantas veces he fornicado en lugares poco comunes, como ser en hospitales o en morgues.

Morgues. Si hay algo que me gusta, es la necrofilia. Nada –a excepción de las orgías eclesiásticas con menores y animales- me excita tanto como el sexo con cadáveres. Recuerdo con cierta ternura algunos de los cuerpos que tomaba en las camillas de la morgue de algún que otro hospital público; recuerdo las peripecias para conseguir el tiempo suficiente para saciar mis impulsos sexuales antes que regresara la persona a cargo del lugar. Tuve una época mortal de necrofilia, donde iba dos o tres veces por día a entregarme a la pasión que nos (me) hacía sentir verdaderamente vivos. Finalmente, como casi todo lo bueno, finalizó. El tiempo se encargó de terminar con la vida de sexo fácil y fantasías cumplidas. Los empleados del lugar, y luego la policía, se encargaban de detenerme una y otra vez; cuántas tardes y noches he pasado en un calabozo con media sonrisa por la satisfacción del coito y media cara triste por la persecución a mi estilo de vida en un país de herencia legal francesa, supuestamente tan plural y tolerante.

En un momento no tuve otra alternativa que pensar en un plan B. Primero intenté volver al sexo común y corriente, ese que se hace con gente que se mueve por propia voluntad, que tiene zonas cálidas y que transpira. Naturalmente, no me resultó placentero. Allí, entonces, fue que tomé una decisión importante que terminó siendo bastante exitosa.

Luego de procurar algo de dinero- y cuando digo “procurar” me refiero a obtenerlo ilegalmente- comencé a contratar prostitutas para cumplir mis fantasías. En un principio algunas de ellas se mostraban reticentes a las cosas que les proponía, pero en la mayoría de los casos, mitad por mi dinero, y mitad por mi insistencia y mi escopeta, terminaban accediendo. Cuando no aceptaban tomar pastillas para quedar inconcientes, o ser atadas en una posición fija (boca arriba, en una camilla con un cartelito de plástico colgando de sus pies) debía ceder un poco yo, y conformarme con una posición más tradicional; de cualquier modo, tenía bastante éxito a la hora de poner bolsas de hielo en sus nalgas, en sus piernas y en sus senos: luego de media hora de tratamiento con hielo seco, parece que verdaderamente están muertas.

Se me ha acusado de tener sexo con niños que han muerto prematuramente; se ha dicho que he tenido sexo con ellos en el mismo velorio, ante la mirada de sus madres, arrodilladas al costado del ataúd, preguntándole a dios “¿Por qué te lo has llevado tan pronto?”. Quiero enfatizar que eso es mentira. Y no solo es mentira: lo siento como una ofensa a mi honor. Fornicar con cadáveres de niños en un velatorio es un acto repugnante, inmoral; es una abominación imperdonable.

Mucho más cuando los cuerpos aún están tibiecitos.

3 comentarios:

  1. Seba dijo...:

    uuuuuuuuh! hacia tiempo que no podía entrar a leer y....
    veo que seguimos con ese jueguito de "a que me puedo seguir yendo mas a la mierda"
    bravo asi te ganaras el infierno

  1. Andrés dijo...:

    Tuve una erección leyendo este post. En la parte del niño muerto, para ser más precisos.

  1. Daritxo dijo...:

    Mórtimer Badell lleva una vida erótica alternativa, pero está claro que no está solo en el mundo.
    No hay tal "irse a la mierda" en este post, es simplemente escritura costumbrista.

 
© Narcotráfico de órganos | Designed by Blogger Templates.