Gnomos

No es que estuviese cansado: simplemente mi cuerpo había decidido dejar de responder a las órdenes que mi cerebro -a desgano, es cierto- le enviaba.

Entré en mi casa y caminé directamente al dormitorio. Me deshice de mi bolso y de mi campera con la esperanza de obtener algún tipo de alivio, o bienestar. Mi cuerpo no se dio por enterado y esa especie de divorcio cuerpo –cerebro continuaba.

Fue cuando me dispuse a acostarme a dormir que vi el hueco en la pared. Ese hueco circular no estaba allí cuando había salido de casa para trabajar, por eso me sorprendió verlo.

No tenía mucho de especial; de haber estado en una calle cubierto por una tapa, o en la entrada de un caño colector, nada de sorpresa habría en el asunto; verdaderamente especial era el hecho de que estuviera en mi cuarto. La distancia que separaba la parte inferior del hueco con el suelo superaba el metro veinte y permitía ver, al otro lado, el muro que separa mi casa de la casa de los vecinos. La distancia que separaba la pared del dormitorio y el muro era, ya que estoy dando referencias de este tipo, de no más de un metro.

No conozco palabras que puedan representar cómo me sentía frente a ese hueco; la expresión que más se le acerca es “incertidumbre”, pero se queda corta, porque hay algunos aspectos de la sensación que no cubre. En fin, hagamos de cuenta que esos aspectos no tienen tanta importancia –la tienen- y quedémonos con eso de “incertidumbre”.

En ese momento sentía una gran incertidumbre.[1] Por un lado no tenía claro de dónde provenía el hueco, es decir, quién lo hizo –porque alguien lo hizo; era demasiado prolijo para ser casual- ; y por el otro lado no tenía claro qué hacer al respecto, me refiero a si debía taparlo con una tabla, con el espejo que cuelga a unos pocos centímetros del hueco o si además debía alertar a la policía.

Decidí pronto tapar el hueco, de manera provisoria, con una tabla que tenía en el galpón. Fui y volví velozmente con la tabla en la mano, pero producto de mis movimientos veloces, no pude pensar cómo tapar el hueco, a pesar de tener ya con qué hacerlo.

Mi pensamiento fue interrumpido por un sonido muy parecido a un susurro. Luego, prestando más atención, descubrí que se trataba en verdad de un diálogo susurrado. Lo que llegué a entender fue: “Dale, dale; vos me hacés calcito que sos más alto y después yo te ayudo a subir”. “Bueno”, escuché luego, con la voz como la de alguien que susurra al mismo tiempo que hace un gran esfuerzo físico.

Yo, parado frente al hueco, no pude salir de mi asombro al ver que dos manitos se apoyaban en la parte inferior del hueco. Luego, una cabecita con gorro rojo se asomó. Ni bien me vió, volvió a bajar, bruscamente, escondiéndose.

-Hay uno- susurró.

-¡La puta madre!- exclamó otro, con voz finita.

-¡Shhhh!- exclamó el que se había asomado.

Mientras tanto, yo seguía mirando el hueco; estaba inmóvil, y sentía aun más incertidumbre.[2] Si bien fue fugaz el momento en que pude ver la cara y ese gorro rojo, me dio la impresión de tratarse de un enano de jardín.

-Hola- dije yo.- Hola, enano de jardín. ¿Qué sucede?

-Somos gnomos, señor- respondió uno con voz finita, ya sin susurrar.

Lentamente, luego de unos segundos de silencio, sentí un suave gemido y volví a ver las manitos apoyarse en el hueco. Ahora, ya con más decisión, el gnomo asomó su cabeza y quedó sosteniéndose con sus bracitos en el hueco; me miraba decididamente, como analizándome.

- Es joven y parece pobre. Capaz que entiende- dijo el gnomo, hablándole a quien, asumo, le estaba haciendo calcito.

-Bueno- dijo gimiendo, el otro.

-Si me permitís- me dijo el gnomo, y ante mi gesto afirmativo, dio un gracioso saltito adentrándose en el cuarto. Luego, entre los dos, logramos hacer subir a su compañero.

-Verás- comenzó diciendo el gnomo que subió primero, luego de sacarse el gorrito rojo y rascarse la cabeza frenéticamente- contestar tu pregunta “¿qué sucede?” (hizo el gesto de comillas con sus deditos) sería muy trabajoso. Planteémoslo así: somos dos gnomos que vinimos al país a participar de un torneo de ajedrez gnómico; una vez aquí fuimos engañados por un inescrupuloso jardinero que nos hizo sus esclavos, o enanos de jardín, como tú nos llamaste.

-No había tal torneo de ajedrez gnómico- acotó el otro gnomo, mirando el suelo.

-Sí, todo fue un gran fraude. Y bueno, nosotros no nos quedamos con los bracitos al costadito del cuerpito y decidimos salir del jardín y huir. Disculpá que te hicimos este hueco acá, pero es la única forma de huir que encontramos. Venimos atravesando ya como cinco casas. El plan venía bien, pero hubo que improvisar acá. No esperábamos encontrar esa pared de ahí- dijo el gnomo, señalando la pared de mi cuarto.

-Nos vamos para Holanda- dijo el otro.

-Holanda- dijeron ambos, al unísono, asintiendo, con la mirada perdida.

-En Holanda es otra cosa. Son más avanzados de acá, ¿viste?- dijo el gnomo que subió primero, tocándose la cabecita con su dedito índice.

Yo les dije que por mí no había problema, que no iba a “alertar a las autoridades”, como me dijeron ellos, visiblemente asustados. Me preguntaron por donde podían salir, y mientras les mostraba la salida, uno de ellos se frenó de golpe.

-¡La carretilla!- exclamó. El otro gnomo giró de golpe y pude ver sus ojos abiertos, bien abiertos.

-¡La carretilla! ¿Cómo hacemos con la carretilla? ¡La carretilla!- gritaba el gnomo, desesperado.

-La pueden sacar por el costado, yo les abro la puertita y la sacan- les dije, buscando las llaves en el bolsillo de mi pantalón. El gnomo que tenía más cerca me abrazó fuertemente; muy fuerte. Muy fuerte.

-No nos podemos ir sin la carretilla- dijo el otro gnomo, con los ojos llenos de lágrimas.

Caminamos unos pasos y sacamos la carretilla. No vi nada particularmente valioso en ella, más allá de un martillito de mármol y un tablerito de ajedrez.

Los gnomos se despidieron y emprendieron la caminata veloz hasta refugiarse en un pasillo en la casa de los vecinos del otro lado. Rápidamente se pusieron a trabajar, dibujando con tiza celeste un círculo a un metro y poco más del suelo; me metí para dentro de mi casa cuando vi que comenzaban a discutir sobre el modo de construcción del hueco. Ya no era mi problema. Ahora el tema era tapar el hueco de mi dormitorio.

Ojalá tengan mucha suerte.



[1] Le estoy guiñando un ojo; solo usted y yo, fruto de nuestra complicidad, sabemos que en ese momento también sentía algunas cosas más.

[2] Dese por guiñado nuevamente.

1 comentarios:

  1. Seba dijo...:

    Cuanta ternura

 
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