Del asiento del inodoro (ensayo)

Hoy quiero hablar sobre algo de lo que aparentemente no se necesita hablar, mucho menos discutir, algo que no necesita ser ni reformulado ni repensado, es decir, de algo que hoy se presenta casi como un axioma. Quisiera ver el día en que todo esto se tenga como algo ya tratado, un tema que ya se dio y sobre el cual no hay que discutir más ni reformular más nada, pero donde el paradigma dominante sea el que yo humildemente propongo aquí, ahí sabré que no viví en vano.

Abordaré entonces con la mayor seriedad que la temática lo permita, la cuestión del asiento del inodoro, ese aro que esta entre medio de la tapa y el water propiamente dicho, y por qué no, entre medio del hombre y la mujer.

Este post lo ultimo que quiere es caer en la aburridísima discusión de lo femenino vs. lo masculino, eso se lo dejo a las stand up comedy para las parejas que asisten a las cenas shows de fin de año. Quiero aprovechar para dejar en claro que esto no lo escribo para beneficio propio, dado que vivo solo y mi inodoro se encuentra en estado más agreste posible; esto lo escribo porque necesita ser escrito.

Por si usted mi querido y despistado lector, no está al tanto, sepa que las mujeres odian con todas sus fuerzas que usted deje el asiento del retrete levantado. Si les pregunta el por qué de este aparentemente arbitrario capricho, les responderán al unísono “porque ustedes mean el borde” y luego “no les cuesta nada bajarlo después de mear”. Ambas respuestas encierran trampas y engaños que en la velocidad de la conversación no alcanzamos a percibirlas, véase sino que la primer respuesta no se adecua a la pregunta, sino que respondería más bien a esta otra: “¿por qué debo levantar el asiento antes de orinar?”. Entonces aquella respuesta sí será legítima, no obstante lo que quiero es dar por tierra sobre todo con el segundo argumento, aquel que asegura que no implica ningún esfuerzo elevar el asiento antes de orinar y bajarlo al terminar.

Es de suponer que en la casa de una mujer que vive sola, el asiento del inodoro se encuentre perpetuamente bajo, ya que tanto sea para orinar como para ir de cuerpo, ella lo preferirá así. En el hipotético caso de un hombre que vive solo y que se molestó en comprar una tapa para water, es de suponer que el 50% de las veces lo tendrá que bajar para vaciar el vientre y el resto de las veces lo elevará para orinar. Me dirán que una persona sana orina más veces de las que defeca, estoy de acuerdo, pero eso no ayuda en nada a este ensayo.

Pongamos por caso entonces, el de una pareja “n” conformada por un hombre “y” y una mujer “x”, por una cuestión meramente cromosómica. Si se respeta esta prerrogativa de “x”, estadísticamente, de cada 4 veces que se vaya al baño en esta casa, solamente una va a ser necesario levantar el asiento del inodoro, esto es, cuando “y” vaya a orinar, en estos casos siempre va a encontrar el asiento del water bajo y lo va a tener que elevar para mear y volverlo a bajar al finalizar, es decir, va a tener que hacer dos acciones que le impliquen un esfuerzo motor, mientras que “x” no va a realizar ninguno. Es aquí donde radica lo absurdo de todo esto y dónde se derrumba aquel argumento de que “no te cuesta nada” y donde entra mi propuesta. Observemos que si “y” levantara el asiento antes de orinar y lo dejara levantado una vez finalizada la tarea, “x” no tendría más que bajarla antes de usar el retrete, es decir, harían ambos el mismo esfuerzo (sin contar que es más esfuerzo subirla que bajarla). Pero aún hay más, si sabemos que de cada 4 veces que se utiliza el baño solamente una vez es usado por “y” para orinar, tenemos que de cada 10 idas al baño solamente 2,5 van a ir contra los caprichos de “x”. Entonces el 25% de las veces que se utiliza el baño en la casa de la pareja “n” quedaría el asiento levantado, mientras que en el 75% de los casos tanto “x” como “y” la encontrarían abajo, entonces “x” no tendrá que hacer nada y en el caso de “y” existe un 50% de probabilidades de que deba subirla y otro 50% de que no deba realizar ningún esfuerzo*. Ahora bien, en el caso de que “x” justo acuda al baño y desafortunadamente se tope con ese sucio 25%, no tendrá más que bajar el asiento y listo, ni siquiera deberá volver a subirlo, es decir, tendrá que realizar nada más que una sola acción motora y esto lo deberá hacer el 25% de las veces que acuda al baño, mientras que “y” lo hará el 75%, con la diferencia de que deberá elevarla en lugar de bajarla.

Entonces yo les pregunto a ustedes mis queridas pero injustas lectoras, ¿esto tampoco les es suficiente? No les alcanza con que el hombre deba enfrentarse a un panorama desfavorable el 75% de las veces que va al baño y ustedes nada más que un 25%? Tienen que encontrar el retrete en las condiciones que ustedes quieren el 100% de las veces que deseen utilizarlo? Es decir, ¿les parece justo que “y” tenga que levantar y bajar el adminículo en cuestión el 25% de las veces –que es el que naturalmente le correspondería a “x”- que va al baño solamente para que “x” pueda estar tranquila de que el inodoro va a estar siempre pronto y en óptimas condiciones para ser utilizado por ella y no solamente el 75% de las veces?

Nótese que mi propuesta no es la de repartir el esfuerzo en un 50 y 50 -eso incluso implicaría levantar el asiento más veces de las necesarias- sino la de un tímido 75 y 25, no pido más que eso para todos los “y`s”.

Lo más curioso de todo es que esta prerrogativa se aplica incluso siendo 3 mujeres y un solo hombre en una casa; resulta que en estos casos utilizan el argumento de que son mayoría a su favor cuando en realidad esto debería jugar a favor del hombre, puesto que cuantas más sean ellas, más probabilidades habrá de que encuentren el asiento bajo.

No se si queda clara mi propuesta, es simplemente la de reducir de un 100% a un 75% el porcentaje de las veces que tenemos que modificar el estado del retrete cada vez que vamos al baño. La mujer debería pasar del 0% al 25%, no es un gran avance para el sexo masculino lo que propongo pero hay que ir de a poco, pasaríamos de una monarquía absoluta a un régimen feudal quizás, donde la mujer continuaría siendo el monarca pero nosotros ya tendríamos nuestro propio feudo.

Posiblemente en algún momento escriba mis teorías sobre las causas que llevan a las mujeres a aborrecer la situación de enfrentarse a una tapa de inodoro levantada; los esbozos ya están y parten desde un marco teórico psicoanalítico: considero este fenómeno como algo que oscila entre una reacción fóbica disfrazada y una formación reactiva con raíces que van desde la envidia fálica, pasando por la angustia de castración, hasta la represión del deseo incestuoso.

De todas formas ese es un texto de orden científico y por tanto será más pertinente publicarlo en la Revista “Psicología, Conocimiento y Sociedad” y no aquí. Quizás nada de lo que escribí sea pertinente para este sitio, pero como recibe miles de visitas diarias quise aprovechar el espacio para echar luz sobre este fenómeno-tabú del que nadie habla, pero que ya es hora de que sea escuchado.

*nota al pie: Esta estadística se mantiene si la aplicamos a una familia tipo: padre, madre, hijo, hija, robot gigante lanzamisiles.

3 comentarios:

  1. Daritxo dijo...:

    Excelente trabajo. Me puse a pensar cómo ha funcionado el lugar donde vivo yo, y descubrí que hay -y siempre hubo- una variable llamada perro, que afecta la dinamica que describís y también a la que proponés. En las casas de los miembros de mi familia más próximos a mí, siempre ha habido perro o perra, y nunca existió la idea de mantener las puertas de los baños cerradas cuando no están en uso, de modo que los canes frecuentaban los inodoros en lugar de sus recipientes con agua para refrescarse. La solución a ese problema fue siempre y en todos los casos, no cerrar la puerta, sino bajar por completo la tapa del inodoro, subirla, cada vez. La de arriba, la que tapa todo.
    Tal vez sea producto de la formación católica; será esa idea de pagar con sacrificios en la vida cotidiana el sufrimiento que pasó el cristo al morir en la cruz por nuestros supuestos pecados.

  1. Heisenberg dijo...:

    Lamentablemente este estudio no contempla las variables no-humanas que puedan interferir en los movimientos de tapa y/o asiento de inodoro; espero que tu perro no se sienta discriminado, pero este ensayo se haría interminable si pretendiera tener en cuenta todas las posibles causas extra-humanas por las que un inodoro se puede ver afectado. Además, lo que este ensayo propone es llegar a un acuerdo, una suerte de contrato social -en el sentido más rousseauiano del término- del cual sólo los humanos pueden participar por su condición de seres capaces de desdoblar su pensamiento y pensarse a sí mismos, acaso aquella condición que nos diferencia del resto de los seres vivos de nuestro planeta.

  1. Jana dijo...:

    Excelente, ¡me convenciste!
    Aunque nunca tuve mucho drama con eso de la tapa, excepto por la fea sensación de "caída libre" cuando vengo sentándome distraída y me sorprende la tapa levantada.

 
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